
El trayecto que sigue la Tierra en su movimiento alrededor del Sol se conoce como eclíptica. En su tránsito, genera dos aproximaciones conocidas como equinoccios (pawkar raymi, kulla raymi) y dos alejamientos o solsticios (inti raymi y kapak raymi). El plano del eje de rotación de la Tierra tiene una inclinación de 23,5°, lo que permite que la radiación solar no llegue siempre con la misma intensidad a toda la cara iluminada del planeta; este fenómeno astronómico origina las estaciones del año (Martínez, 2019).
Durante los solsticios, el Sol se ubica sobre una de las dos líneas imaginarias de la Tierra: el Trópico de Cáncer (Inti Raymi) o el Trópico de Capricornio (Kapak Raymi). Cuando se encuentra en el Trópico de Cáncer, ocurre el solsticio de verano, caracterizado por el día más largo del año. En cambio, cuando se sitúa en el Trópico de Capricornio, en el hemisferio sur, tiene lugar el solsticio de invierno, marcado por la noche más extensa (Las Casas, 2020).
En los equinoccios de marzo (Pawkar Raymi) y de septiembre (Kulla Raymi), el Sol se posiciona exactamente sobre la línea ecuatorial. En consecuencia, el día y la noche presentan prácticamente la misma duración de 12 horas en todo el mundo. Este fenómeno ocurre dos veces al año, alrededor del 21 de marzo y del 21 de septiembre, coincidiendo con el inicio de la primavera y el otoño en diversas regiones (Las Casas, 2020).
El Kulla Raymi es un término ancestral con miles de años de antigüedad que hace referencia al acercamiento de la Tierra al Sol por la elíptica (21 de septiembre), posición astronómica que posteriormente fue sustituida por el vocablo “equinoccio”, de origen más reciente y proveniente del latín medieval aequinoxium, que significa “noche igual al día”. Este concepto fue documentado por autores romanos como Catón el Viejo, Julio César, Cicerón y Plinio el Viejo (González, 2017). Durante este tiempo, el Sol, hacia el mediodía, se sitúa sobre el ecuador celeste y la sombra proyectada es mínima, lo que permite calcular con exactitud la latitud del observador, fenómeno conocido como “día sin sombra” (Las Casas, 2020).

Las culturas del Abya Yala —conocido hoy como el continente americano—, a partir de los análisis astronómicos, desarrollaron conocimientos aplicados a la salud, la agricultura, la organización social y otros ámbitos, lo que les permitió garantizar su supervivencia en la faz de la Tierra. En el campo agrícola, por ejemplo, elaboraron un calendario que les permitía determinar con precisión los tiempos de producción. Este señalaba que, para cultivar un determinado producto, los pueblos andinos debían observar el cielo a fin de calcular las estaciones y organizar la siembra, tal como lo han hecho diversas culturas a lo largo de los siglos (Earls, 1977). En el caso del equinoccio de septiembre, los vestigios arqueológicos evidencian que este tiempo-espacio (pacha) fue considerado propicio para la germinación de la semilla, especialmente del maíz, alimento esencial para la seguridad alimentaria (Estermann, 1998).
En el plano social y cultural, el Kulla Raymi es considerado el tiempo de la feminidad y la fecundidad, en el que la mujer, o la energía femenina, prevalece como ente creador de vida y guardiana de la sabiduría. Durante este periodo, los pobladores acuden a los pukara, tampu y otros lugares energéticos, donde los tayta y mamakuna transmiten sus conocimientos a las nuevas generaciones en un proceso de aprendizaje intergeneracional (Crespo, 2015). Del mismo modo, estas celebraciones ancestrales constituyen un espacio propicio para cristalizar proyectos y renovar la energía vital. En este sentido, Earls (1977) sostiene que las culturas originarias buscaban armonizar los ciclos sociales con los astronómicos, en un esfuerzo por configurar una sociedad a imagen y semejanza del orden cósmico en su perfecta organización.

Asimismo, la cosmovisión andina otorga especial importancia al agua durante el Kulla Raymi, al considerarla un elemento vital y un símbolo de fertilidad y regeneración. Dentro de la lógica de reciprocidad con la Pachamama, el agua no solo representa la vida biológica, sino también la continuidad de los ciclos agrícolas y la abundancia necesaria para garantizar la seguridad alimentaria de la comunidad (Estermann, 1998). Por este motivo, las celebraciones de este tiempo sagrado suelen realizarse en espacios naturales vinculados al agua, como lagunas, vertientes y pukyu, concebidos como lugares energéticos de conexión con lo sagrado. En estos escenarios, la población participa en rituales de purificación corporal y espiritual, prácticas orientadas a mantener el equilibrio entre los seres humanos, la naturaleza y las fuerzas cósmicas (Crespo, 2015). De este modo, el agua se convierte en un medio de mediación entre lo humano y lo cósmico, reafirmando su carácter simbólico como fuente de fecundidad y de armonía en la vida comunitaria andina (Earls, 1977).

En el Abya Yala, las culturas originarias sistematizaron diversos fenómenos celestes con el propósito de transmitir sus conocimientos y saberes a las generaciones futuras. Un ejemplo significativo se encuentra en la pirámide principal de Chichén Itzá, en México, conocida como El Castillo, que cuenta con cuatro escaleras que se extienden desde la cima hasta la base. Durante el equinoccio, la sombra proyectada al atardecer forma la figura de una serpiente descendente, simbolizando el vínculo entre lo terrenal y lo celestial, y marcando con precisión este acontecimiento astronómico (González, 2017).
La Seguridad alimentaria y la fecundidad
El Kulla Raymi representa un tiempo propicio para la fertilidad, en el que las fuerzas universales se manifiestan de manera favorable en la faz de la Tierra. En este periodo, la Pachamama ofrece condiciones óptimas para la germinación y el crecimiento de nuevas plantas. Desde el punto de vista biológico, esta etapa coincide con un aumento de la energía solar y una mayor estabilidad climática, factores que inciden directamente en el proceso germinativo de las espermatofitas, también conocidas como “plantas superiores”, cuya característica principal es la producción de semillas (Raven et al., 2014). La germinación, entendida como la reactivación metabólica de una semilla en latencia, depende tanto de condiciones endógenas —como la viabilidad y el desarrollo del embrión—, como de factores exógenos, entre ellos el agua, la temperatura y la energía solar (Taiz et al., 2017).

El Kulla Raymi, no solo simboliza un rito de fertilidad, sino que también representa un momento clave para garantizar la seguridad alimentaria de la humanidad, al asegurar la continuidad de la producción agrícola en equilibrio con el entorno. La seguridad alimentaria, definida como el acceso físico, social y económico a alimentos suficientes, seguros y nutritivos para satisfacer las necesidades nutricionales de una población (FAO, 2011), encuentra en estos saberes y conocimientos una expresión científica que integra lo espiritual con lo productivo y el entendimiento cosmogónico. Por lo tanto, esta celebración puede interpretarse como una manifestación ancestral de gestión sostenible de los recursos naturales y agrícolas.

Finalmente, el papel de la mujer durante el Kulla Raymi refuerza la dimensión social y cultural de esta celebración. Ellas son guardianas del conocimiento ancestral y responsables de transmitir saberes relacionados con el cuidado de la tierra y los ciclos de cultivo, conocimientos que permiten la perpetuación de la vida humana. En la cosmovisión andina, la participación de las mamakuna y los yachak constituye un elemento esencial para la preservación de la vida y la protección de los recursos, ya que su rol como custodias de las semillas humanas y vegetales asegura la continuidad de la especie y fomenta el respeto por la Pachamama (Estermann, 2006). De este modo, el Kulla Raymi trasciende lo estrictamente ritual y se convierte en una práctica que fortalece la sostenibilidad alimentaria y cultural de los pueblos originarios andinos.
Referencias
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