
La Luna, conocida como Mama Killa o Quilla en la cosmovisión andina, ocupa un lugar central tanto en el orden cósmico como en la vida cotidiana de los pueblos originarios de los Andes. Su importancia trasciende su condición de uno entre más de 200 satélites naturales del Sistema Solar, destacándose no solo por su tamaño —con un diámetro de 3.475 kilómetros, mayor incluso que el de Plutón—, sino por su profunda influencia sobre la vida en la Tierra, manifestada a través de la ley de gravitación universal y los ciclos naturales que regula.
Más allá de su origen astronómico, la Luna ha sido objeto de observación y estudio por parte de diversas culturas, que han estructurado sus calendarios conforme a sus ciclos. Entre estas civilizaciones, los pueblos andinos desarrollaron un sistema propio de medición del tiempo, basado en los movimientos lunares y su influencia sobre los procesos naturales y sociales. Este artículo explora el Calendario Andino de 13 meses, una propuesta ancestral que se fundamenta en la observación de los trece ciclos lunares que se completan en el transcurso de un año solar. Esta visión revela una cosmovisión profunda, donde el tiempo no es una medida abstracta, sino una vivencia vinculada al ritmo de la naturaleza, la siembra, la cosecha y la vida comunitaria (Estermann, 2015; Lajo, 2002).
En lengua kichwa, la palabra utilizada para referirse a la Luna es Killa, un término femenino que puede traducirse como “luminosa”, y que alude no solo a su cualidad física, sino también a su dimensión simbólica como generadora de vida y orden. Contrario a la creencia común de que la Luna no rota, la ciencia ha confirmado que sí realiza dicho movimiento: gira sobre su propio eje en el mismo tiempo que tarda en orbitar la Tierra, un fenómeno conocido como rotación sincrónica (NASA, 2020).
Los pueblos ancestrales de los Andes, situados privilegiadamente en la línea ecuatorial, comprendieron con precisión los ciclos celestes. Supieron que la Tierra tarda aproximadamente 365 días en dar una vuelta alrededor del Sol y que la Luna, o Killa, orbita la Tierra en un período de 28 días. Por ello, el cálculo matemático dedujo que en un año lunar se producen 13 lunaciones completas (365 ÷ 28 ≈ 13), lo que dio origen al calendario lunar andino de 13 meses. Este calendario es utilizado por generaciones para organizar la vida en el Kay Pacha, es decir, el mundo terrenal, dentro de la trilogía cósmica andina (Quispe, 2014).
Desde una perspectiva astronómica, las semanas lunares son matemáticamente exactas, compuestas por múltiplos de siete: del 1 al 7, del 8 al 14, del 15 al 21, y del 22 al 28. Esta regularidad permite que los meses lunares no terminen de forma arbitraria, sino que mantengan una estructura cíclica constante. Este orden natural es una de las razones por las cuales se denomina a la Luna como Mama Killa, es decir, madre del orden, del ciclo y de la fertilidad (Gonzales Holguín, 1608; Jijón y Caamaño, 1940).
Los trece meses del año según el calendario andino son los siguientes:
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En la cosmogonía andina, la Luna no es simplemente un astro físico, sino una deidad femenina generadora de vida y orden, cuya existencia está estrechamente vinculada a la fertilidad de la tierra, los ciclos agrícolas y la reproducción de los seres vivos (Arnold & Yapita, 2006). El origen de Mama killa se asocia a la observación ancestral de sus ciclos y a la comprensión de su influencia directa sobre la naturaleza: las fases lunares marcan los tiempos de siembra y cosecha, regulan la fertilidad de la Pachamama y de las mujeres, y guían las actividades cotidianas de la comunidad (Estermann, 1998).
La Luna es vista como una madre protectora, guía espiritual y fuente de señales para la toma de decisiones importantes en la vida personal y colectiva. Su aparición en el cielo requiere ofrendas y rituales de conexión, en los que se le pide permiso y ayuda para el crecimiento de los cultivos, la sanación y el bienestar familiar y comunitario. En este sentido, la Luna es tanto generadora del ciclo vital como mediadora entre los seres humanos y la Pachamama, asegurando el equilibrio y la continuidad de la vida (Zariquiey, 2013).
Relación con la ley de gravitación y el orden cósmico
La cosmovisión andina reconoce la fuerza de atracción gravitacional entre la Tierra y la Luna, entendiendo que este vínculo es esencial para la estabilidad de los ciclos naturales, como las mareas, los ritmos de la agricultura y la influencia en la parte fisiológica del del ser humano. Esta comprensión permite a los pueblos andinos desarrollar un calendario lunar de 13 meses, ajustado a los movimientos de la Luna, que estructura la vida agrícola y social en armonía con los ritmos cósmicos (Mannheim, 1991).
Jordi Gutiérrez Cabello, profesor del Departamento de Física de la Universitat Politècnica de Catalunya, señala que el satélite natural se encuentra a 358.266 kilómetros de nuestro planeta. Su fuerza gravitacional afecta directamente la generación de las mareas y la vida sobre la Tierra, ya que las mareas permiten el movimiento de grandes cantidades de agua y proporcionan un soporte térmico en la superficie terrestre. Sin este fenómeno, en un solo día se experimentarían temperaturas extremas que desestabilizarían los ecosistemas (Gutiérrez Cabello, comunicación académica).
Dualidad y equilibrio
La Luna, junto al Sol (Inti), representa la dualidad fundamental de la cosmovisión andina: el equilibrio entre lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, el calor y el frescor, lo visible y lo oculto. Este equilibrio es la base del orden universal y de la vida en el mundo andino, y se expresa en la complementariedad de ambos astros como creadores y protectores de la humanidad (Ticona Alejo, 2001).
Efecto de la Luna en los Vegetales
La influencia de la fuerza gravitacional de la Luna sobre los vegetales incide directamente en el flujo de la savia, los minerales y los principios activos, favoreciendo su movimiento desde las raíces hacia las partes aéreas de la planta (Montenegro & Barragán, 2005). Este fenómeno, relacionado con los ciclos lunares, ha sido ampliamente observado y aplicado por las comunidades agrícolas del Abya Yala, quienes han logrado identificar los momentos propicios para labores agrícolas como la fertilización, la siembra y la cosecha, estructurando en base a ello un calendario agrícola lunar (Estermann, 1998; Salazar, 2011).
Desde tiempos ancestrales, los agricultores de los pueblos originarios comprendieron empíricamente que las fases de la Luna influían en la germinación de las semillas, el desarrollo de las plantas y la producción de los cultivos. A continuación, se describen los efectos asociados a cada fase lunar:
Calendario agrícola
Durante esta fase, la luz lunar aumenta progresivamente, generando condiciones favorables para un crecimiento balanceado de las plantas, especialmente en el follaje y las raíces. Se observa un intenso movimiento de agua y nutrientes en el suelo, lo cual permite que las semillas absorban con rapidez los elementos necesarios para su germinación, siempre que las condiciones climáticas y edáficas sean adecuadas (Lahitte & Hurrell, 2010).
Por esta razón, se recomienda sembrar semillas de rápida germinación (como hortalizas) dos o tres días antes del inicio del cuarto creciente, ya que tienden a germinar con mayor uniformidad y velocidad que aquellas sembradas en otras fases lunares (Valdés, 2015).
Luna Llena
En esta etapa, la iluminación lunar alcanza su punto máximo. La circulación interna de savia y agua en las plantas es también elevada, lo que favorece el crecimiento del follaje pero reduce el desarrollo radicular. Esta fase es óptima para la recolección de hojas de plantas medicinales, dado que es cuando contienen mayor concentración de principios activos y minerales, lo que potencia su eficacia terapéutica (Bendetti, 2004). Asimismo, se recomienda la cosecha de frutos que crecen en las ramas, ya que presentan mejor desarrollo y contenido nutricional.
Cuarto Menguante
La disminución progresiva de la atracción gravitacional lunar durante esta fase se asocia a un menor crecimiento del follaje. Sin embargo, es un período favorable para la poda de árboles, ya que la menor circulación de agua favorece la concentración de hormonas cicatrizantes en las zonas cortadas, lo cual acelera el proceso de recuperación de la planta y previene infecciones o pudriciones (Salazar, 2011).
Luna Nueva
En esta fase, la influencia gravitacional de la Luna alcanza su nivel más bajo, mientras que predomina la atracción terrestre. El crecimiento de la parte aérea y del sistema radicular de las plantas es lento, como si estuvieran en un estado de reposo vegetativo. Por ello, es un momento propicio para recolectar raíces y cosechar tubérculos, ya que durante este período los nutrientes y principios activos están concentrados en las partes subterráneas de la planta (Lahitte & Hurrell, 2010).
Efecto de la Luna en los Seres Humanos
La Luna influye significativamente en la vida de los seres vivos, incluyendo a los seres humanos. Su capacidad de reflejar la luz solar durante la noche no solo favorece la supervivencia y reproducción de diversas especies, sino que también incide en sus comportamientos biológicos y emocionales. La fuerza gravitacional lunar puede modificar aspectos fisiológicos y psicológicos, evidenciando su impacto sobre la permanencia y evolución de las especies en la Tierra (Montenegro & Barragán, 2005).
Influencia en el cuerpo humano
En los seres humanos, los efectos de la influencia lunar se observan, por ejemplo, en los tejidos duros como el tejido óseo. Personas con fracturas antiguas o lesiones en cartílagos de crecimiento frecuentemente reportan sensaciones de dolor o molestias no localizadas durante las fases de cuarto creciente o luna llena, lo cual ha sido relacionado con variaciones en la presión interna del cuerpo y la retención de líquidos (Bendetti, 2004).

Alteraciones psicológicas y emocionales
Uno de los efectos más estudiados es la alteración del estado anímico y conductual. Aunque diversos estudios científicos no han encontrado una correlación concluyente entre las fases lunares y trastornos psiquiátricos como la depresión, la ansiedad o el trastorno bipolar, muchos investigadores reconocen que existen patrones de comportamiento que varían en función de los ciclos lunares. En este sentido, un estudio conjunto realizado por las universidades de Oxford y Múnich (2008) señaló que, si bien la evidencia empírica aún es limitada, los cambios de conducta durante la luna llena son perceptibles en ciertos grupos poblacionales (Foster & Roenneberg, 2008).
Por su parte, los sabedores y sabedoras ancestrales reconocieron hace siglos este tipo de comportamientos y los denominaron con expresiones como “estar lunático”, haciendo referencia a los cambios emocionales intensos asociados a las fases lunares, especialmente durante la luna llena (Estermann, 1998).
Radicales libres y estrés oxidativo
La influencia lunar también se ha relacionado con variaciones en el equilibrio oxidativo del organismo. Durante ciertas fases lunares, en especial la luna llena, se producen alteraciones en los procesos bioquímicos que pueden intensificar la producción de radicales libres, moléculas inestables que, en exceso, pueden generar estrés oxidativo, una condición fisiológica que deteriora células y tejidos (Pérez-Torres et al., 2017).
El estrés oxidativo es un fenómeno que se presenta cuando hay un desequilibrio entre los radicales libres y los antioxidantes. Este proceso está asociado al envejecimiento prematuro, pérdida de memoria, rigidez articular, disminución de la fuerza muscular, e incluso alteraciones cardiovasculares como arritmias y cambios en la presión arterial (Valko et al., 2007).

Los baños ritualísticos en cascadas y vertientes han sido prácticas fundamentales de los pueblos ancestrales andinos para la limpieza y el equilibrio energético, físico y espiritual. Estas ceremonias, realizadas en lugares considerados sagrados como ríos, lagunas y cascadas, buscan descargar las energías negativas acumuladas durante la vida cotidiana y restablecer la armonía con la naturaleza. Según la medicina ancestral, el contacto directo con el agua —vista como la sangre de la Madre Tierra— permite una descarga eléctrica natural y una purificación profunda, ayudando a contrarrestar los efectos nocivos de los radicales libres mediante la limpieza energética y la revitalización del cuerpo y el espíritu. Durante festividades como el Kapak Raymi, los baños de purificación se acompañan de plantas medicinales, lodo y cantos, integrando elementos de la tierra, el agua y la energía solar para renovar la vitalidad y preparar a las personas para nuevos ciclos agrícolas y personales. Estas prácticas, además de su dimensión espiritual, reflejan un conocimiento empírico sobre el bienestar integral, donde la interacción con los elementos naturales fortalece la salud y la identidad cultural de las comunidades andinas

Relación con el ciclo menstrual
Otro fenómeno estrechamente vinculado a la Luna es el ciclo menstrual femenino, cuya duración promedio de 28 días coincide con el ciclo sinódico lunar. La astrofísica Dra. Marija Vlajic Wheeler, investigadora de la Universidad de Oxford, indicó en una entrevista para la plataforma científica Clue que estadísticamente se ha observado que muchas mujeres inician su menstruación dos o tres días antes o después de la luna llena. Esto sugiere una posible sincronía entre los niveles de luminancia lunar y los ritmos biológicos femeninos (Vlajic Wheeler, en Clue, 2020).
En conclusión, la Luna, conocida en la cosmovisión andina como Mama Killa, trasciende su condición de cuerpo celeste para convertirse en una entidad sagrada, femenina y vital. Representa la fertilidad, el orden y el equilibrio, y su presencia influye profundamente en la vida comunitaria, espiritual y natural de los pueblos indígenas andinos. Su valor simbólico y funcional va más allá de lo astronómico, consolidándose como un eje esencial en la comprensión andina del universo.
El Calendario Andino Lunar de 13 meses, estructurado a partir de la observación minuciosa de trece lunaciones anuales, refleja una conexión íntima con los ritmos cósmicos y naturales. Este calendario no solo mide el tiempo, sino que orienta actividades agrícolas, rituales y sociales, consolidándose como una herramienta ancestral de organización comunitaria que aún permanece vigente en diversas comunidades indígenas.
En el ámbito agrícola, las fases lunares tienen un impacto directo sobre las plantas, determinando momentos propicios para la siembra, poda, cosecha y otras labores. Este conocimiento, heredado de generación en generación, ha permitido a los pueblos originarios mantener prácticas agrícolas sostenibles y en armonía con los ciclos naturales, garantizando la salud vegetal y la productividad del suelo.
Asimismo, la influencia de la Luna se extiende a los seres humanos, afectando aspectos fisiológicos, emocionales y energéticos. Cambios en el estado de ánimo, el ciclo menstrual, dolores físicos e incluso la actividad celular están vinculados a las fases lunares. Tanto la ciencia moderna como el saber ancestral reconocen estos efectos, confirmando la importancia de los ciclos lunares en la salud y el bienestar humano.
Dentro del ámbito espiritual y terapéutico, las prácticas rituales asociadas a la Luna son fundamentales. Ceremonias de limpieza y purificación con agua, realizadas en fechas lunares específicas, refuerzan la conexión energética con la naturaleza. Estos rituales integran elementos como plantas, cantos y baños en cascadas, promoviendo un bienestar holístico que equilibra el cuerpo, la mente y el espíritu.
La dualidad cósmica entre la Luna (Mama Killa) y el Sol (Inti) expresa una visión del mundo basada en la complementariedad de opuestos: lo femenino y lo masculino, lo visible y lo invisible. Este principio de equilibrio universal guía las relaciones humanas, sociales y naturales en el mundo andino, proporcionando una base filosófica para la armonía colectiva.
Finalmente, el conocimiento ancestral andino sobre la Luna establece un diálogo enriquecedor con la ciencia moderna. Conceptos como la rotación sincrónica de la Luna, la ley de gravitación universal y los efectos fisiológicos de sus ciclos encuentran correspondencia en los saberes originarios. Esta convergencia no solo valida la profundidad del conocimiento ancestral, sino que también abre caminos para una educación intercultural basada en el respeto y la integración de distintos sistemas de conocimiento.
Referencia
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